
John y Osgood intercambiaron una silenciosa mirada de alivio cuando les adjudicaron los asientos para el viaje de vuelta. John no sabía qué pensaba Osgood sobre la experiencia vivida ese día porque no habían podido estar a solas ni un instante, pero para John había significado un cambio enorme.
Había tenido una conversación bidireccional con grandes primates. Les había hablado en inglés y le habían respondido en la lengua de signos americana, algo aún más excepcional, ya que significaba que conocían no uno, sino dos idiomas humanos. Hasta podría decirse que uno de los simios, Bonzi, conocía tres, ya que era capaz de comunicarse a través de un ordenador utilizando una serie de lexigramas especialmente diseñados para ello. Hasta entonces, John tampoco había sido consciente de la complejidad de su propio idioma: durante la visita, los bonobos habían demostrado claramente su habilidad para expresar mediante vocalizaciones datos concretos, como los sabores de los yogures y la ubicación de objetos ocultos, aun cuando no podían verse entre ellos. Los había mirado a los ojos y había sentido, sin lugar a dudas, que aquellos seres sensibles e inteligentes le devolvían la mirada. Era algo completamente diferente a observar un recinto de un zoo y había cambiado su percepción del mundo tan profundamente que todavía no era capaz de expresarlo.
Que Isabel Duncan aceptara recibirlos era solo el primer paso para acceder al hogar de los primates. Después de que a Cat le prohibieran entrar en el campus principal, a Osgood y a John se los llevaron a una oficina de administración para esperar mientras consultaban a los simios. A John le habían advertido de antemano de que los bonobos tenían la palabra final sobre quién entraba en su casa y también de que eran famosos por su volubilidad: durante los últimos dos años, solo habían permitido la entrada a más o menos la mitad de sus potenciales visitantes.
