Una vez informado de ello, John había intentado acumular el mayor número de puntos posible. Investigó en Internet sobre los gustos de los bonobos y compró una mochila para cada uno que llenó con sus alimentos y sus juguetes favoritos: pelotas de goma, mantitas de forro polar, xilófonos, Mister Potatos, chuches y todo lo que él creía que les podría gustar. Luego le escribió un correo electrónico a Isabel Duncan y le pidió que les dijera a los bonobos que les llevaba una sorpresa. A pesar de lo que se había esforzado, John tenía la frente perlada de sudor cuando Isabel volvió de hablar con ellos y les dijo que los primates no solo aceptaban recibirlos a Osgood y a él, sino que lo estaban deseando.

Los llevó hasta la zona de observación, que estaba separada de los simios por un tabique de cristal. Cogió las mochilas, desapareció por un pasillo, reapareció al otro lado del cristal y se las tendió a los monos. John y Osgood se quedaron mirando mientras los bonobos abrían los regalos. John estaba tan cerca del tabique que lo rozaba con la nariz y la frente. Casi se había olvidado de que estaba allí, así que cuando aparecieron los M &Ms y Bonzi se levantó de un salto para darle un beso a través del cristal, casi se cae de culo.

Aunque John ya sabía que las preferencias de los bonobos variaban -por ejemplo, sabía que la comida favorita de Mbongo eran las cebolletas mientras que a Sam le encantaban las peras-, le sorprendió lo diferentes, lo distintos, lo parecidos a los humanos que eran: Bonzi, la matriarca y líder indiscutible, era tranquila, segura y considerada, aunque se ponía nerviosa porque le encantaban los M &Ms. Sam, el macho más viejo, era extrovertido, carismático, y no dudaba ni un ápice de su propio magnetismo. Jelani, un macho adolescente, era un descarado fanfarrón con energía ilimitada al que le encantaba saltar contra la pared y luego dar una voltereta hacia atrás.



4 из 320