
Mondrian y Brachis intercambiaron una mirada de desagrado.
—Está jugando sucio —murmuró Mondrian.
—Por supuesto —Brachis miró al embajador solar—. No pondrá el problema sobre la mesa. Nos lo dejará a nosotros, el muy granuja. Y apuesto que ya ha decidido a quién hay que echarle la culpa.
Dio un paso adelante y se colocó junto al Tubo-Rilla, y con ello todos los embajadores parecieron estar en línea, observando a los testigos. Lámparas ocultas envolvieron a Brachis en un óvalo de luces.
—Puede empezar —dijo Macdougal.
Brachis asintió ante las cuatro formas en sus crisálidas de luz. Su cara de león parecía hosca y furiosa.
—El embajador ha citado correctamente mis obligaciones. La Seguridad es mi oficio, desde la Estación Apolo y el Nexo de Vulcano hasta las Tortugas Áridas, pasando en el borde de la Nube Oort —hubo un bufido de orgullo en su voz profunda—. Llevo cinco años estándar en este cargo. Hace dos, recibí una propuesta para crear un proyecto de seguridad en la Estación Tela de Araña. Ésa es una instalación dedicada a la investigación, a doce mil millones de kilómetros del Sol, a medio camino entre las órbitas de Neptuno y Perséfona. Ha servido como centro de investigación para actividades de Seguridad durante más de setenta años estándar. El proyecto que empezó hace dos años era secreto. Se le dio el nombre en clave de «Operación Morgan». Aprobé la solicitud. Con su permiso, dejaré la descripción de los objetivos de este proyecto para el posterior testimonio del comandante Mondrian.
Brachis sonrió, sombrío.
—Déjenme decir solamente esto: la Operación Morgan fue llevada a cabo con toda clase de medidas de seguridad.
