La escalera se ubicaba en uno de los límites, con una fuerte barandilla hecha en casa. Frente a los últimos escalones había una ventana desde donde se apreciaba a vuelo de pájaro el patio de San Kenny. Tess pasó corriendo por ahí, dio una vuelta en u en torno del pasamanos y dejó caer la bolsa en la cama más alejada. Se habían ganado la distancia a la escalera por orden de nacimiento: la cama más cercana a las escaleras, y al baño de abajo, era de Judy, la mayor; la de el medio era de Renee; y la que estaba al fondo era la de Tess, porque era la benjamina. Siempre detestó que se refirieran a ella como la bebé, y sentía una oleada de arrogante satisfacción por ser la que se había marchado del pueblo y la que había triunfado.

Se detuvo pensativa y después se encaminó hacia el tocador; donde había escrito por primera vez en su diario sus deseos de ser cantante; donde había aprendido a maquillarse y se había sentado a mirar la calle con la boca fruncida cuando la mandaban a su cuarto castigada. ¿Por qué? Suponía que tal vez había sido necesario.

Abajo, su madre la llamó:

– ¿Tess? ¿Ya pongo a calentar la cena?

– Yo lo haré, mamá, no te preocupes. Sólo déjame colgar un poco de ropa primero, ¿de acuerdo? -respondió Tess.

– Bueno… está bien -replicó su madre dubitativa, y luego añadió-: pero ya son cinco y diez y debe hornearse durante una hora completa.

Tess no pudo evitar mover la cabeza. El horario común de un músico profesional implicaba levantarse a mediodía y hacer trabajo de grabación en el estudio de dos a nueve; un mensajero llevaba comida alrededor de las ocho. Cuando tenía noche de concierto debía salir a escena de las ocho a las once, y cenar casi hasta la medianoche.

Sin embargo, Tess respondió, obediente:

– ¡Allá voy!

Su madre ya había metido la comida en el horno, pero dejó que Tess pusiera la mesa. Mary sugirió que el acompañamiento perfecto para las grasosas tortas de papa era café, con crema y azúcar, por supuesto, y tarta de pacana con crema batida… de la de verdad.



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