
Condujo hacia el extremo sur de la cuadra y se encaminó al callejón más allá de los cobertizos y cocheras donde solía jugar a las escondidas y a patear una lata cuando era niña. Los jardines tenían mucho prado y tantos años que los límites se habían borrado con árboles y arbustos silvestres. Pero ahí, en Wintergreen, un poco más arriba de la frontera sureste entre Missouri y Arkansas, donde los vecinos eran realmente vecinos y lo habían sido durante veinte o treinta años, a nadie le preocupaban las líneas de demarcación de sus propiedades.
La cochera de Mary necesitaba pintarse. Sin embargo, para sorpresa de Tess, tenía una puerta nueva. Acercó el vehículo, bajó y echó un vistazo al lugar al otro lado del callejón. Todo estaba bien pintado, sin basura en ninguna parte. "Bien por San Kenny", pensó con sarcasmo mientras tomaba su bolso de lona. Camino de la casa, observó que su madre se las había arreglado para tener un jardín, pese a que debió dolerle la cadera al arrodillarse para plantarlo.
La entrada trasera tenía tres escalones y un barandal negro de hierro. Dentro había un pequeño rellano con la puerta del sótano directamente enfrente y la de la cocina, un escalón arriba a la derecha. Mientras Tess pasaba por la cocina, golpeando los muebles con su bolso, dijo:
– Oye, mamá, no debiste arreglar el jardín este año con la cadera tan mal.
Tess atravesaba la sala, rodeando el arco central que conducía a la escalera cuando Mary respondió.
– ¡Oh, no lo hice yo! Fue Kenny. ¿Y ya viste la puerta nueva de mi cochera? También la instaló él.
– ¿Ese zonzo instaló la puerta de la cochera? Me pregunto qué persigue con todo esto.
El piso de arriba estaba distribuido en línea recta; su techo seguía el contorno del tejado, con una ventana en cada extremo.
Cuando eran adolescentes, lo llamaban las barracas, y dormían en una fila de tres camas individuales.
