No tenía miedo. Pero sí una rabia contenida cada vez mayor.

Al mismo tiempo, la atormentaban sus propios pensamientos, que se transformaban constantemente en desagradables fantasías sobre lo que iba a ser de ella. Odiaba esa forzada indefensión. Por mucho que intentara concentrarse en otra cosa para pasar el tiempo y olvidarse de su situación, la angustia siempre acababa por aflorar. Flotaba en el aire como una nube de gas que amenazaba con penetrar por sus poros y envenenar su existencia. Había descubierto que la mejor manera de mantener alejada esa angustia era imaginándose algo que le transmitiera una sensación de fuerza. Cerró los ojos y evocó el olor a gasolina.

Él se encontraba sentado en un coche con el cristal de la ventanilla bajado. Ella se acercó corriendo, echó la gasolina a través del hueco de la ventanilla y encendió una cerilla. Fue cuestión de segundos. Las llamas prendieron en el acto. Él se retorcía de dolor mientras ella oía sus gritos de horror y sufi imiento. Percibió el olor de la carne quemada y otro más intenso, a plástico y espuma, producido por los asientos, que se estaban carbonizando.


Es probable que se hubiera quedado traspuesta, porque no oyó sus pasos, pero se despertó nada más abrirse la puerta La luz la deslumbró.

Él había llegado, a pesar de todo.

Era alto. Ella ignoraba su edad, pero se trataba de un adulto. Tenía el pelo enmarañado, de color caoba, llevaba gafas con montura negra y una perilla poco poblada. Olía a colonia.

Odiaba su olor.

Permaneció callado al pie de la litera contemplándola durante un largo instante.

Odiaba su silencio.



2 из 631