
Su cara se hallaba en la penumbra. Ella sólo apreciaba su silueta. De repente le habló. Tenía una voz grave y clara que acentuaba pedantemente cada palabra.
Odiaba su voz.
Le dijo que, como hoy era su cumpleaños, la quería felicitar. El tono de su voz no resultaba ni antipático ni irónico. Más bien neutro. Ella imaginó que él sonreía.
Lo odiaba.
Se acercó más y fue hacia el cabecero. Le puso el dorso de su mano húmeda en la frente y, con un gesto que tal vez quisiera ser amable, le pasó los dedos por el nacimiento del pelo. Era su regalo de cumpleaños.
Odiaba que la tocara.
Él le habló. Ella lo vio mover la boca pero se aisló del sonido de su voz. No quería escuchar. No quería contestar. Le oyó elevar el tono. Su voz tenía un deje de irritación debido a su falta de respuesta. Le habló de confianza mutua. Al cabo de unos minutos se calló. Ella ignoró su mirada. Luego él se encogió de hombros y empezó a ajustarle las correas. Le apretó el correaje del pecho un agujero más y se inclinó sobre ella.
De repente, del modo más brusco que pudo y hasta donde las correas le permitieron, ella se giró a la izquierda, alejándose de él. Subió las rodillas hasta la barbilla e intentó pegarle una fuerte patada en la cabeza. Apuntó a la nuez y, con la punta del dedo de un pie, le dio en algún sitio por debajo de la barbilla. Pero, como él estaba prevenido, ya había apartado el cuerpo, de modo que todo se quedó en un ligero golpe, apenas perceptible. Intentó darle otra patada pero él ya se encontraba fuera de su alcance.
Dejó caer las piernas sobre la litera. La sábana de la cama colgaba hasta el suelo. El camisón se le había subido muy por encima de las caderas.
Permaneció quieto un largo rato sin decir nada. Luego se acercó hasta el correaje de los pies. Ella intentó subir las piernas pero él le agarró un tobillo. Con la otra mano le bajó la rodilla a la fuerza y le aprisionó el pie con la correa. Pasó al otro lado de la cama y le inmovilizó también el otro pie.
