El dato lo añado con suma cautela porque suele distorsionar la percepción que se tiene de una persona, más aún si se trata de una mujer. De hecho, resulta curioso señalar cómo casi todos los biógrafos de Teresa Cabarrús han sido hombres, y cada uno de ellos se confiesa fascinado, por no decir enamorado, del personaje. Sin embargo, yo creo que ni la fascinación ni mucho menos el enamoramiento son buenos puntos de partida para una biografía. El fascinado tiende a moldear la realidad y los personajes según sus deseos; tiende también a veces a quedarse en la superficie, en el mero aspecto exterior, en la espuma, no en la esencia; en lo anecdótico, por tanto. Y en el caso de Teresa es muy fácil hacerlo porque ella era, en efecto, superficial, lucía un bello aspecto exterior y su vida estuvo llena de anécdotas.

Las biografías más antiguas a las que he tenido acceso la retratan como una prostituta de lujo o, en el mejor de los casos, como una cortesana. Se recrean mucho, por ejemplo, en el papel que desempeñó, junto a su gran amiga la emperatriz Josefina, como diosa del período histórico que se conoce como del Directorio. Hablan de su peculiar forma de vestir (o deberíamos decir desvestir), con túnicas romanas abiertas hasta medio muslo, el pecho desnudo y sus areolas rodeadas de pequeños diamantes. Resaltan las fiestas que organizaba para reunir a los personajes más célebres de la época; en los primeros tiempos de la Revolución, a La Fayette, Mirabeau, Talleyrand. O, más adelante, durante el Directorio, a Napoleón, Fouché, Chateaubriand. Hablan mucho de su frivolidad, del descarado uso que hizo de su belleza y de cómo, tras la muerte de María Antonieta en la guillotina, se la llegó a considerar algo así como la reina o diosa profana de la Revolución, mitad prostituta, mitad santa, a la que llamaban, por cierto, Nuestra Señora del Buen Socorro. Reconocen, en efecto, sus méritos como artífice del fin de la época del Terror, y la Némesis de Robespierre, pero la presentan como un mero instrumento en manos de otros actores más destacados desde el punto de vista político, como el maquiavélico Fouché o el ambicioso Barras.



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