
Otras biografías más recientes gustan de presentarla, en cambio, como una espía de la corte española o, más injustamente, como una simple marioneta cuyos hilos movía desde la distancia su padre, el conde de Cabarrús, en connivencia con Godoy. Aventurera, también intrigante, prostituta, espía, frívola, marioneta… Pienso que si no hubiera sido tan bella, los epítetos que inspiró a los cronistas de otras épocas habrían sido bastante menos desdeñosos. Pero incluso sus biógrafos más «fascinados» no pueden dejar de señalar otros valores que también tenía Teresa y que parecen contradecir su fama de consumada devoradora de hombres. Me refiero al papel primordial que desempeñó al salvar de la guillotina a millares de personas, primero en Burdeos y después en París. O, más importante aún, al hecho de que fue su mano la que guió a Jean–Lambert Tallien para acabar con Robespierre y con una de las etapas más sangrientas de la Historia. Un poco más adelante, esa misma mano, siempre generosa, se tendería incondicional hacia Josefina cuando las dos compartieron prisión y sentencia de muerte; la misma mano, por cierto, que un par de años más tarde ayudaría a medrar a un ignoto militar llamado entonces Napoleone di Buonaparte.
Y es que la vida de Teresa Cabarrús se extiende desde los idílicos años del reinado de Luis XVI y María Antonieta, luego a lo largo de la Revolución y la época del Terror, más tarde por la escandalosa frivolidad del Directorio, hasta el imperio de Napoleón, y continúa aún más allá de su derrota en Waterloo y del exilio en Santa Elena. De todos estos tiempos azarosos y apasionantes fue testigo de excepción nuestra protagonista, hasta acabar como madre devota de diez hijos y princesa de Chimay en un viejo palacio a las afueras de Bruselas. Cerca ya de su muerte cuentan que dijo: «¿De veras he vivido tantas vidas? A veces pienso que fue todo un sueño».
