
Es bello este calendario revolucionario que cuenta los años desde el 5 de octubre del mismo año en que mataron a Luis Capeto. Y bellos son también los nombres de los meses que han inventado, todos con reminiscencias agrícolas o meteorológicas: Brumaire, el mes de las brumas; Frimaire, el del frío; Vendémiaire, el de la vendimia; Thermidor, el del calor. Las autoridades revolucionarias decidieron dividir el año en doce meses de treinta días y los cinco días que faltan para completar los trescientos sesenta y cinco se llaman ahora
sans–culottides y son cinco jornadas que se dedican enteras a fiestas: una glosa las ideas revolucionarias; otra, el talento; otra, el trabajo; otra, la virtud; otra, los hechos heroicos… Lástima que en este glorioso año II los «hechos heroicos» hayan sido tan aterradores. El mes de Nivôse, por ejemplo, puede alardear de que en sus treinta días cayeron doce cabezas cada cinco minutos, y ahora que ha llegado el calor, los vecinos de las calles adyacentes donde está instalada Madame Guillotine se quejan de que la sangre que desborda los desagües que hay debajo del cadalso obstruye las acequias. «¡Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!». Eso cuentan que dijo madame de Roland, el alma de los girondinos, pocos minutos antes de subir al patíbulo. ¿Y qué diré yo mañana cuando llegue mi turno? Tengo que idear una bonita frase que sea tan tan corta y acertada como ésa. Pensemos.
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Yo, Teresa Cabarrús Galabert, hubiera querido que mis memorias empezaran de la manera que he relatado más arriba, esto es, recordando las últimas horas que pasé en la prisión parisiense de La Force, cuando me faltaban apenas unas horas para morir. Tenía pensado escribir un par de detalles más sobre cómo nos enfrentábamos a la muerte en aquellos días. A continuación contaría también lo sucedido al día siguiente del previsto para mi muerte y el modo en que se puede pasar de la guillotina a la gloria en tan sólo unas horas.