Resulta difícil de creer, lo sé, pero lo cierto es que mucho de lo que se hace o se dice aquí, en la prisión de La Force, se acompaña de una sonrisa. La muchacha, por ejemplo, lleva anudada al cuello una cinta roja; se trata de un guiño, de un pequeño chiste entre nosotros, los prisioneros. A algunos les gusta representar de esta forma y de antemano el tajo de la Gran Igualadora sobre su carne. Más allá, un caballero de unos cuarenta años ensaya junto a una dama pelirroja las reverencias que ambos dedicarán al populacho que asiste a las ejecuciones, a las tricoteuses, a los sans–culottes. «Los caballeros hacen así, las damas hacen así»; sólo les falta añadir música y con ella el resto de la letra de aquella canción infantil que Mademoiselle nos enseñaba allá en Madrid a mis hermanos y a mí de niños para que aprendiéramos bien el idioma de notre bon papa: «Sur le pont d'Avignon, on y danse, on y danse… Les beaux messieurs font comme ça, et puis encore comme ça… ».

Por cierto, aquí en la cárcel también se baila mucho, casi tanto como se ama. No, no es verdad. Se ama aún más de lo que se baila. Es como si la muerte fuera una gran borrachera que incitara a la lascivia. Allá veo entregados a sus juegos, por ejemplo, a una dama con uno de nuestros carceleros; más acá, la bella muchacha de la cinta roja en el cuello lo hace abrazada a un caballero de sesenta y tantos años; un poco más lejos, dos mujeres que se aman, y luego dos hombres, y dos hombres y una mujer, y dos mujeres y dos hombres… El amor aquí, por lo que se ve, se parece mucho a Madame Guillotine: ambos son los grandes, los perfectos igualadores. Porque ¿qué más da a quién se ame mientras se ame? Aún estamos vivos, eso es lo único que importa. Mañana, ya no.

He intentado dormir un poco, pero hace demasiado calor. Aun así, tal vez me haya quedado adormilada, porque he soñado con lo que pasará mañana, el 9 de Thermidor del año II.



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