
Le pasaba algo raro en los últimos días, y sobre todo esa noche. Por eso Andrei no se puso a decirle qué pensaba de los catedráticos y de su talento para ocuparse de tareas concretas. Fue a buscar el bidón y cuando regresó junto al camión se quitó los guantes de trabajo y sacó el tabaco. El hedor del bidón vacío era insoportable, por lo que se apresuró a encender un cigarrillo y sólo después convidó a Donald, que lo rechazó en silencio con un movimiento de la cabeza. Había que entender su estado de ánimo, Andrei tiró la cerilla apagada al bidón.
— En una ciudad vivían dos trabajadores de saneamiento, padre e hijo — comenzó a contar —. Allí no tenían alcantarillado, sólo fosas con eso mismo. Y ellos sacaban eso mismo con cubos y lo echaban en su bidón. El padre, que era el obrero con más experiencia, bajaba a la fosa y le pasaba el cubo al hijo, que estaba arriba. En una ocasión, el hijo no pudo retener el cubo y le cayó encima al padre. El padre se limpió, miró al hijo desde abajo y le dijo, con amargura: «¡Eres un espantapájaros, un ratón de la tundra! Nunca aprenderás nada útil. Te pasarás la vida asomado allá arriba».
Esperaba de Donald aunque fuera una sonrisa. Por lo general, era una persona alegre y comunicativa, nunca estaba abatido. En él había algo del estudiante que había marchado al frente de batalla. Sin embargo, en ese momento Donald se limitó a toser.
— No es posible vaciar todas las fosas — apuntó, con voz sorda.
Pero Van, que se afanaba junto al bidón, reaccionó de manera extraña.
— ¿Y cuánto vale eso aquí? — preguntó de repente, con súbito interés.
— ¿El qué? — Andrei no comprendió.
— Los excrementos. ¿Son caros?
— Cómo decirte… — Andrei, inseguro, soltó una carcajada —. Depende de quién sea…
— ¿Acaso aquí se diferencian? — se asombró Van —. En mi país son iguales. ¿Y cuáles son aquí los más caros?
