Cuando sólo quedaba el último bidón, Van cogió un recogedor y una escoba, y se dedicó a recoger la basura que quedaba sobre el asfalto.

— No trabaje tanto, Van — dijo Donald, molesto —. Siempre se esmera demasiado. De todos modos, no va a estar más limpio.

— El conserje tiene la obligación de barrer — apuntó Andrei en tono preceptivo, mientras hacía rotar la mano derecha, prestando atención al movimiento: le parecía que se había distendido levemente un tendón.

— En cualquier caso, seguirán tirando basura — dijo Donald con rencor —. Tan pronto nos demos la vuelta, tirarán más de la que había antes.

Van echó la basura en el último bidón, la apisonó con el recogedor y cerró la tapa de un tirón.

— Listo — dijo, echando una mirada a la entrada del patio que ya estaba limpia. Miró a Andrei y sonrió. Después, volvió el rostro hacia Donald y masculló —: Yo sólo quería recordarles…

— ¡Vamos, vamos! — gritó Donald con impaciencia.

Uno-dos. De un tirón, Andrei y Van levantaron el bidón. Tres-cuatro. Donald lo agarró con dificultad, soltó un gemido y no pudo retenerlo. El bidón se balanceó y cayó de costado sobre el asfalto. Su contenido se esparció hasta diez metros de distancia, como disparado por un cañón, y el bidón echó a rodar estruendosamente por el patio. El eco subió en espiral hacia el cielo negro, retumbando en las paredes.

— Mecachis en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo — dijo Andrei, que a duras penas había logrado apartarse de un salto —. ¡Tienen mantequilla en las manos!

— Yo sólo quería recordarles — masculló Van con aire sumiso — que ese bidón tiene el asa rota.

Tomó la escoba y el recogedor y se puso a trabajar. Donald, por su parte, se agachó al borde de la plataforma del camión y dejó caer los brazos entre sus rodillas.

— Maldición — masculló sordamente —. Maldita porquería.



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