
Mientras los hombres de la corte buscaban impresionar a los demás con su inteligencia, yo ocultaba la mía. Mi labor al frente de la corte ha sido una lucha constante contra consejeros ambiciosos, ministros aviesos y generales al mando de ejércitos que jamás contemplaron batalla alguna. Y todo esto durante más de cuarenta y seis años. El verano pasado caí en la cuenta de que me había convertido en una vela consumida en una sala sin ventanas: mi salud se deterioraba y comprendí que tenía los días contados.
Últimamente me he obligado a levantarme al alba y conceder audiencia antes del desayuno. He mantenido mi estado en secreto. Hoy estaba demasiado débil para levantarme. Mi eunuco An-te-hai ha venido a apremiarme. Mandarines y autócratas me aguardan postrados con las rodillas doloridas en el salón de audiencia. No están aquí para tratar los asuntos de Estado que se plantearán después de mi muerte, sino para presionarme con el fin de que nombre heredero a uno de sus hijos.
Me duele admitir que nuestra dinastía está agotada. En estos tiempos no puedo hacer nada a derechas. Me he visto obligada a asistir a la caída no solo de mi hijo, a los diecinueve años, sino de la propia China. ¿Existe mayor crueldad? Perfectamente consciente de las razones que han contribuido a mi situación, me siento atenazada, al borde de la asfixia. China ha devenido un mundo envenenado con sus propios residuos. Mi ánimo está tan abatido que los sacerdotes de los mejores templos son incapaces de levantarlo.
Y esto no es lo peor; lo peor es que mis compatriotas siguen demostrando su fe en mí y yo, por imperativos de conciencia, debo destruir su fe.
