
Estoy quedándome ciega, cuando mi visión era perfecta. Esta mañana me costaba ver lo que estaba escribiendo, pero mi ojo de la mente conservaba su lucidez. El tinte francés hace que mi cabello vuelva a ser lo que era: negro como la noche aterciopelada. Y no me mancha la cabeza como el tinte chino que he usado durante años. ¡Que no me hablen de lo listos que somos comparados con los bárbaros! Es cierto que nuestros antepasados inventaron el papel, la imprenta, la brújula y los explosivos, pero nuestros antepasados también se negaron, dinastía tras dinastía, a construir defensas adecuadas para el país. Creían que China era demasiado civilizada para que a alguien se le ocurriera siquiera desafiarla. Y ahora mira dónde estamos: la dinastía es como un elefante descerebrado que tarda en agotar su último resuello.
El confucianismo estaba equivocado; China ha sido derrotada. El resto del mundo no me ha ofrecido ni respeto, ni justicia, ni apoyo. Nuestros aliados vecinos contemplan cómo nos derrumbamos con apatía e impotencia. ¿De qué sirve la libertad sin honor? Lo que me resulta insultante no es esta intolerable manera de morir, sino la falta de honor y nuestra incapacidad para ver la verdad.
Me sorprende que nadie se dé cuenta de que nuestra actitud en este final es cómica hasta el absurdo. En la última audiencia no pude evitar gritar:
– ¡Soy la única que sabe que tengo el pelo blanco y endeble!
La corte se negó a escucharme. Mis ministros vieron el tinte francés y mi cabello tan bien arreglado como algo auténtico. Golpeando la cabeza contra el suelo, salmodiaron:
