Mi madre se imaginaba lo incómodo que debía de sentirse mi padre allí dentro. Caminábamos en silencio y oíamos el repiqueteo de nuestros zapatos rotos contra el suelo. Nubes de moscas rondaban el ataúd. Cada vez que los criados se detenían a descansar, las moscas cubrían la tapa como un sudario. Mi madre pidió a mi hermana Rong, a mi hermano Kuei Hsiang y a mí que espantáramos las moscas, pero estábamos demasiado cansados para levantar los brazos. Habíamos viajado a pie por el norte a lo largo del Gran Canal porque no teníamos dinero para alquilar un barco. Yo tenía los pies llenos de llagas. El paisaje era inhóspito a ambos lados del camino, el agua del canal estaba baja y lodosa; detrás de ella se extendían kilómetros de lomas áridas con unas pocas posadas. Aquellas en las que nos alojamos estaban infestadas de piojos.

– Será mejor que nos pague -dijo el criado a mi madre cuando la oyó quejarse de que su cartera estaba casi vacía- o tendrán que llevar ustedes mismos el ataúd.

Mi madre empezó a sollozar de nuevo y dijo que su marido no merecía ese trato, pero no consiguió conquistar su compasión. Al alba siguiente los criados abandonaron el ataúd.

Mi madre se sentó en una roca junto a la carretera. Alrededor de la boca le había salido un anillo de pupas. Rong y Kuei Hsiang hablaban de enterrar a nuestro padre allí mismo. Yo no tenía corazón para dejarlo en un lugar desde el que no se veía ni un árbol. Aunque al principio yo no era la favorita de mi padre -le contrarió que su primer hijo no fuera un varón-, se esforzó en educarme y fue él quien insistió en que aprendiera a leer. No recibí una educación formal, pero adquirí el vocabulario suficiente como para llegar a comprender los relatos de los clásicos de las dinastías Ming y Qing.

A los cinco años pensaba que haber nacido en el Año de la Cabra daba mala suerte. Le dije a mi padre que mis amigos del pueblo decían que mi signo natal era adverso; significaba que sería sacrificada.



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