– ¡Celeste majestad! ¡Diez mil años de salud! ¡Larga vida a su majestad!

Capítulo 1

Mi vida imperial empezó con un olor, un olor a podrido procedente del ataúd de mi padre; llevaba muerto dos meses y aún lo transportábamos hacia Pekín, su lugar de nacimiento, para enterrarlo. Mi madre se sentía frustrada.

– Mi marido era el gobernador de Wuhu -dijo a uno de los criados que había contratado para llevar el ataúd.

– Sí, señora -respondió humildemente el jefe de los porteadores-, y deseamos de corazón que el gobernador tenga un feliz viaje a casa.

Por lo que yo recuerdo, mi padre no fue un hombre feliz. Había sido repetidamente degradado debido a sus pobres resultados en la represión de las sublevaciones de los campesinos Taiping. Hasta más tarde no supe que no se le podía echar toda la culpa a mi padre por ello. Durante años China había sido hostigada por la hambruna y las agresiones extranjeras. Cualquiera en la piel de mi padre habría comprendido que era imposible cumplir la orden del emperador de restaurar la paz en el país; los campesinos no concedían mayor valor a su vida que a su muerte.

A una tierna edad fui testigo de las luchas y sufrimientos de mi padre. Nací y me crié en Anhwei, la provincia más pobre de China. No vivíamos en la pobreza, pero era consciente de que mis vecinos habían comido lombrices para cenar y habían vendido a sus hijos para enjugar sus deudas. El lento viaje de mi padre al infierno y los esfuerzos de mi madre para combatirlo constituyeron mi niñez. Como un grillo de largas patas, mi madre intentaba frenar un carruaje que se disponía a aplastar a su familia.

El calor del verano achicharraba el camino. El ataúd viajaba escorado porque los criados que lo llevaban en volandas eran de diferente estatura.



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