
Que se borre la totalidad de la proyección — ordenó a la máquina.
Se desvaneció el azul del mar, las montañas se disolvieron en la neblina, y todo quedó borrado hasta quedar en blanco la blanca pared sobre la que se proyectaban las imágenes. Era como si nada de todo aquello hubiera existido, como si se hubieran perdido en el limbo que había engullido todos los mares de la Tierra y todas sus montañas, edades pasadas en el tiempo, antes del nacimiento de Alvin.
La luz volvió de nuevo inundando el luminoso rectángulo sobre el que Alvin había proyectado sus sueños, combinándose con sus alrededores, hasta confundirse en una sola cosa con las demás paredes de su habitación. Pero ¿eran realmente paredes? Para cualquiera que nunca hubiera visto semejante lugar con anterioridad, aquella era ciertamente una habitación muy peculiar. Era algo sin características especiales y totalmente desprovista de toda ornamentación, dando así la impresión de que Alvin permaneciese en el centro de una esfera hueca. Ninguna línea divisoria visible servía de separación a las paredes del techo o del suelo.
No existía nada en donde los ojos pudieran enfocarse, el espacio que constituía el entorno de Alvin podía tener diez pies o diez millas de amplitud, por cuanto el sentido de la visión hubiera podido comprobar. Habría resultado difícil resistir a la tentación de comenzar a caminar en cualquier dirección en la distancia con las manos extendidas para descubrir los límites físicos de tan extraordinario lugar.
Con todo, tales habitaciones habían sido «hogares» de la mayor parte de la raza humana, durante la mayor parte de su historia.
