
Alvin había reconstruido en parte su habitación, cuando un timbrazo persistente, con el suave y metálico sonido de una campanilla de cristal, llegó a sus oídos. Mentalmente ordenó la señal de admisión y la pared sobre la cual estaba conformando sus inmediatas experiencias, se disolvió al instante. Como esperaba, aparecieron sus padres, con Jeresac a unos pasos tras ellos. La presencia de su tutor significaba que aquélla no era una reunión familiar corriente; pero esto era cosa que ya conocía.
La ilusión fue perfecta y nada de ella se perdió cuando habló Eriston. En realidad, como Alvin sabía muy bien, Eriston, Etania y Jeresac se hallaban a millas de distancia, ya que los constructores de la ciudad habían dominado tan completamente el espacio como subyugado el tiempo. Alvin ni siquiera sabía con certidumbre dónde vivían sus padres, entre la multitud de altas espiras y laberintos de Diaspar, ya que se habían movido hasta hallarse físicamente en su presencia.
Alvin — comenzó Eriston —, hace veinte años que tu madre y yo te conocimos. Tú sabes lo que esto significa. Nuestro tutelaje ha terminado y ya eres libre para hacer lo que estimes más oportuno.
