
Todo aquello era algo conocido para Alvin, pero no era cosa de dar prisa a Jeserac en su discurso. El anciano parecía recorrer el inmenso espacio de los siglos pesando las palabras con la sabiduría de tan dilatada experiencia que le había proporcionado su contacto vital con hombres y máquinas.
— Dime — Alvin continuó— ¿te has preguntado a ti mismo dónde estabas antes de haber nacido… antes de haberte encontrado cara a cara con Etania y Eriston en la Sala de la Creación?
— He asumido que no estaba en ninguna parte… que no era nada excepto una pauta o un propósito en la mente de la ciudad, esperando el momento de ser creado… así.
Un cojín resplandeció y se espesó hasta materializarse bajo Alvin. Se sentó en él y esperó a que Jeserac continuase.
— Eso es correcto, Alvin — fue la respuesta del anciano —. Pero es sólo una parte de la respuesta, y una parte muy pequeña, ciertamente. Hasta ahora, sólo te has reunido con muchachos de tu misma edad y ellos han permanecido ignorantes de la verdad. Pronto ellos podrán recordar, pero tú no, por tanto, prepárate a encararte con los hechos.
Durante mil millones de años, Alvin, la raza humana ha vivido en esta ciudad. Desde que cayó el Imperio Galáctico y los Invasores volvieron a las estrellas, este ha sido nuestro mundo. Al exterior de las murallas de Diaspar, no hay nada, excepto el desierto de que hablan nuestras leyendas.
