En la voz de Eriston se advertía una traza, aunque leve, de tristeza. Pero había un alivio considerablemente mayor, como si Eriston estuviese contento de que aquel estado de cosas que había existido por algún tiempo, tuviese entonces una legal terminación y reconocimiento. Alvin ya disponía de su libertad.

Comprendo — repuso —. Te agradezco lo que has hecho por mí y os recordaré en todas mis vidas. — Aquella solía ser la respuesta formal, ya había oído aquello tan frecuentemente que todo su significado carecía de importancia emocional; era sólo una fórmula de palabras y sonidos sin significación particular. Con todo el decir «todas mis vidas» tenía una extraña expresión, cuando se detuvo a considerarla. Tenía una vaga idea de lo que quería decir y entonces le había llegado el momento de saberlo exactamente. Había muchas cosas en Diaspar que no comprendía, las cuales debería aprender en los siglos que se extendían ante su futuro.

Por un momento pareció como si Etania fuese a decir algo. Ella levantó una mano, distorsionando el iridiscente resplandor espectral de su vestido y después la mano cayó a uno de sus costados. Después se volvió como desamparada hacia Jeserac y por primera vez en toda su presente vida, Alvin comprendió que sus padres se hallaban preocupados.

Su memoria rebuscó rápidamente los acontecimientos de las últimas semanas. No, no había nada en aquello últimos días que pudiera haber causado ni la más leve incertidumbre en el aire de la ligera alarma que mostraban sus tutores hasta aquel momento.

Jeserac, sin embargo, apareció dominando la situación Dirigió una mirada inquisitiva a Eriston y Etania, como satisfecho de que no tuvieran otra cosa que decir y se embarcó en una disertación para la que había estado esperando muchos años.

— Alvin — comenzó— durante veinte años has sido mi alumno, y he hecho cuanto ha estado en mi mano para enseñarte los caminos de la ciudad y conducirte a la herencia que ahora es tuya.



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