Alvin no se adhirió tan completamente como hubiera deseado a la increíble y elaborada compleja vida social de Diaspar, o en los mundos de fantasía de sus jóvenes compañeros. Tampoco había mostrado un particular interés para sumergirse en los dominios más altos del pensamiento, aunque a su edad, hubiera sido más bien sorprendente. Más notable resultaba su errática vida amorosa, llegó a la conclusión de que no formaría una relativamente estable pareja por lo menos de un siglo de duración y la brevedad de sus asuntos amorosos fue pronto famosa. Era intensa mientras permanecía en su período ardiente, pero ninguna relación duraba más allá de unas cuantas semanas. Por lo que parecía, sólo podía interesarse por una sola cosa cada vez.

Había veces en que se mezclaba de todo corazón en los eróticos juegos de sus compañeros o desaparecía con la compañera de su elección durante varios días. Pero una vez pasada la fuga pasional, se producía largos períodos en que daba la impresión de hallarse totalmente desinteresado de lo que debería ser su mayor preocupación a su edad. Aquello resultaba malo para él probablemente y ciertamente para sus amoríos dejados de lado, que vagaban por la ciudad desconsoladamente hasta encontrar otra consolación adecuada. Mystra, según había notado Jeserac, había llegado entonces en tan desgraciada época para Alvin.

No es que Alvin fuese falto de corazón ni desconsiderado. En el amor, como en las demás cosas, parecía ir buscando un objetivo una meta que Diaspar no podía proporcionarle.

Ninguna de tales características de Alvin preocuparon demasiado a Jeserac. Un Único, debía comportarse seguramente de aquella forma y a su debido tiempo el joven encajaría en la conducta y forma de vivir propios de la ciudad. Ningún individuo, por excéntrico o brillante que fuese, podría concebir otra cosa distinta.



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