
Alvin se quedó mirando fijamente los límites de aquel, su propio mundo. Diez, veinte millas, con sus detalles ya perdidos en la distancia, eran los límites exteriores de la ciudad, sobre los cuales parecía descansar el techo del firmamento. No existía nada más allá de aquellos límites, nada excepto la dolorosa soledad del desierto en donde un hombre cualquiera se habría vuelto loco.
Pero… ¿por qué aquella soledad, aquel vacío arenoso le llamaba, le atraía misteriosa e imperativamente, como no lo había hecho con nadie de quienes había conocido?
Alvin lo ignoraba. Miró con fijeza a lo ancho de las espiras multicolores y de los gigantescos edificios que ahora encerraban la totalidad del dominio del género humano, como si de aquella forma pudiera hallar respuesta a su pregunta.
Pero no la halló. Sin embargo, en aquel momento, mientras su corazón le impulsaba a lo inalcanzable, tomó una decisión irrevocable.
Y supo entonces qué era lo que iba a hacer con su vida.
CAPÍTULO IV
Jeserac no resultó de mucha ayuda para Alvin, aunque no fuera tan falto de cooperación como a Alvin casi le había parecido. Le había hecho tales preguntas antes, en su larga carrera como mentor del joven, y no creyó que incluso un único como Alvin pudiese producir muchas sorpresas, o plantearle problemas que no pudiera resolver.
Era cierto que Alvin estaba comenzando a mostrar ciertas excentricidades de menor importancia en su conducta, las cuales eventualmente necesitaban la debida corrección.
