CAPÍTULO I

Les había llevado muchas horas abrirse paso fuera de la Cueva de los Gusanos Blancos. Incluso entonces, no podían estar seguros de que alguno de aquellos pálidos monstruos no estuviera persiguiéndole, estando como estaban con la carga de sus armas casi agotada. Ante ellos, las flotantes flechas de luz que habían sido su misteriosa guía a través de los laberintos de la Montaña de Cristal, todavía continuaban haciéndoles señas. No tenían otra alternativa sino seguirlas, aunque al hacerlo así, corrieran el peligro de volver a caer en espeluznantes situaciones de mortales riesgos.

Alvin, volvió la vista atrás para ver si sus compañeros permanecían aún con él. Mystra se hallaba muy cerca y tras él, llevando en las manos la esfera de luz fría y luminosa que les había revelado la existencia de tales horrores y tanta belleza al mismo tiempo, desde que comenzó su aventura. Aquel pálido resplandor inundaba el estrecho corredor y reverberaba en los relucientes muros; y mientras durase su energía podrían ir viendo hacia dónde se dirigían y como detectar la presencia de cualquier peligro visible. Pero Alvin sabía demasiado bien, que los mayores peligros en aquellas cavernas, no eran precisamente los visibles.

Detrás de Mystra, luchando con el peso de su proyector, venían Narilian y Floranus. Alvin se preguntó interiormente él por qué aquellos proyectores resultaban tan pesados, ya que podían haber sido neutralizados en su gravedad con el más sencillo de los dispositivos. Alvin pensaba en cosas así, incluso en medio de las más desesperadas aventuras. Cuando tales pensamientos cruzaban su mente, parecía como si la estructura de la realidad temblase por un instante y que tras el mundo de los sentidos, captaba un vistazo de otro universo totalmente diferente.

El corredor llegó a su fin sobre un muro liso. ¿Les habrían traicionado de nuevo aquellas flechas luminosas? No, al aproximarse, la roca comenzó a disolverse en polvo.



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