A través del muro rocoso, perforaba una broca giratoria que ensanchó rápidamente un paso como un gigantesco paso de tuerca. Alvin y sus amigos echaron un paso atrás, esperando que la máquina forzara su paso en la caverna. Con un ensordecedor ruido de metal sobre la roca, que seguramente era producido por los ecos de la Montaña, el terreno se aplastó repentinamente junto a la muralla y todo quedó en silencio. Una puerta maciza se abrió, por la que apareció Callistron gritándoles que se dieran prisa. ¿Por qué Callistron? Imaginó Alvin. ¿Qué es lo que ella está haciendo ahora? Un momento después todos estaban seguros y la máquina prosiguió su camino por las profundidades de la tierra.

La aventura había terminado. Pronto, como siempre ocurría, deberían hallarse en casa y toda la maravilla, el terror y la excitación quedaría tras ellos. Estaban cansados, pero contentos.

Alvin comprobó desde el filo en que se hallaba que él subterráneo conducía hacia las profundidades. Presumiblemente, Callistron sabía lo que estaba haciendo y aquélla era la forma de volver a casa. Con todo, era una lástima…

— Callistron — dijo súbitamente— ¿por qué no subir arriba? Nadie sabe qué es lo que guarda en sus entrañas la Montaña de Cristal. ¡Qué maravilloso sería poder salir al exterior en alguna parte de sus laderas, para ver el cielo y toda la tierra que la rodea! Hemos permanecido bajo tierra demasiado tiempo…

Aunque pronunciaba tales palabras, de alguna forma sabía en su subconsciente que eran equivocadas. Mystra emitió un grito ahogado, el interior del subterráneo vibró como una imagen vista a través del agua y detrás y más allá de las murallas metálicas que le rodeaban. Alvin pudo captar una vez más, una mirada de reojo y muy rápida de otro universo. Aquellos dos mundos parecían hallarse en conflicto, dominando primero uno y después el otro. Después, y con toda presteza, todo acabó. Se produjo una sensación restallante… y el sueño llegó a su fin. Alvin, se encontraba de nuevo en Diaspar, en su propio hogar, en su habitación privada y flotando a uno o dos pies del suelo, a causa del campo gravitatorio especial que le protegía del molesto contacto con la materia bruta.



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