Las Leyendas parecían satisfacer a sus compañeros; pero a Alvin le producían siempre la sensación de ser algo incompleto. A pesar de su colorido y variación, de su excitación y su amenidad, existía algo en todas ellas que parecía perdido, echado de menos por la particular mente de Alvin.

Alvin decidió que las Leyendas jamás le conducirían a ninguna parte. Siempre aparecían como pintadas en un estrecho lienzo. No poseían la dilatación de una gran vista, un gran panorama extenso y amplio por lo que su alma suspiraba y ansiaba ardientemente. Por encima de todo, no existía ni un toque de la inmensidad en donde tuviesen lugar las hazañas que habían llevado a cabo los antiguos hombres, el luminoso vacío entre las estrellas y los planetas del universo. Los artistas que habían planificado y llevado a cabo las Leyendas, habían estado infectados de la misma extraña fobia que dominaba y gobernaba la mente de todos los ciudadanos de Diaspar. Todas las aventuras se desarrollaban de puertas adentro o en cavernas subterráneas o en valles rodeados de montañas que cerraban paso a toda vista del resto del mundo.

Sólo podía haber una explicación. Atrás, en el tiempo pasado, tal vez antes de que Diaspar hubiese sido fundada, algo tuvo que haber ocurrido que no solamente hubiese destruido toda la ambición y la curiosidad del Hombre, sino que le había devuelto a casa abandonando los caminos de las estrellas para encerrarse cobardemente en el refugio del diminuto y cerrado mundo de la última ciudad de la Tierra. Había renunciado al Universo para cobijarse en el vientre de Diaspar, artificial y acogedor El deseo ardiente que una vez le había empujado sobre los mundos de la Galaxia y hacia las islas de las nebulosas siempre más y más allá, se habían muerto de una vez. Ninguna nave estelar había pasado por el sistema solar desde eones de tiempo atrás, desde las lejanías y entre las estrellas en que los descendientes del Hombre podían todavía estar construyendo imperios… La Tierra ni lo sabía, ni parecía importarle.



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