
Gene Wolfe
La Ciudadela del Autarca
I — El soldado muerto
Yo nunca había visto la guerra, ni siquiera había hablado largamente de ella con alguien que la hubiera visto, pero era joven y sabía algo de la violencia, y por eso creía que la guerra sólo sería una experiencia nueva para mí, como muchas otras cosas: mi autoridad en Thrax, digamos, o mi huida de la Casa Absoluta.
La guerra no es una experiencia nueva; es un nuevo mundo. Sus habitantes son más diferentes de los seres humanos que Famulimus y sus amigos. Sus leyes son nuevas y hasta su geografía es nueva, porque es una geografía en la cual colinas y hondonadas se elevan a la importancia de ciudades. Así como nuestra familiar Urth contiene monstruosidades como Erebus, Abaia y Arioc, en el mundo de la guerra acechan esos monstruos llamados batallas, cuyas células son individuos pero tienen vida e inteligencia propias, y a los cuales uno se aproxima por entre un cada vez más denso despliegue de portentos.
Una noche me desperté mucho antes del amanecer. Todo parecía en calma y yo temí que se hubiera acercado algún enemigo, como si su malignidad me hubiera agitado la mente. Me incorporé y miré alrededor. Las colinas se perdían en la oscuridad. Yo estaba en un nido de hierba alta, un nido que había apisonado para dormir. Cantaban los grillos.
Lejos, al norte, mi ojo captó algo: un relámpago violeta, pensé, justo en el horizonte. Miré el punto de donde parecía haber venido. Acababa de convencerme de que lo que creía haber visto no era sino una deficiencia de la visión, quizás un efecto tardío de la droga que me habían dado en la casa del atamán, cuando un poco a la izquierda del punto que había estado mirando hubo un fulgor magenta.
