
Seguí allí de pie durante una guardia o más, recompensado de vez en cuando con esos misterios de luz. Al fin, convencido de que estaban a mucha distancia y no se acercaban, y de que no parecían cambiar de frecuencia, cuyo promedio era de uno por cada quinientos latidos de mi corazón, me eché de nuevo. Y porque a esas alturas estaba despierto del todo, advertí que la tierra temblaba muy ligeramente debajo de mí.
Cuando por la mañana volví a despertarme el temblor había cesado. Mientras andaba, estuve un rato observando diligentemente el horizonte pero no vi nada perturbador.
Hacía dos días que no comía y se me había pasado el hambre, pero era consciente de que no tenía mi fuerza de costumbre. En esa jornada encontré dos casitas en ruinas, y entré en cada una en busca de comida. Si algo había quedado, se lo habían llevado largo tiempo atrás; hasta las ratas se habían ido. En la segunda casa había un poso, pero hacía mucho que habían tirado allí algo muerto, y de todos modos no había forma de llegar al agua hedionda. Seguí mi camino, deseando beber algo y también un bastón mejor que la serie de varas podridas que había estado usando. En las montañas, valiéndome de Terminus Est, había descubierto cuánto más fácil es caminar con un bastón.
Hacia el mediodía encontré un sendero y lo seguí, y poco después oí ruido de cascos. Me oculté en un lugar desde donde podía mirar el camino; un momento después un jinete repechó la colina próxima y pasó frente a mí como un rayo. Por lo que vislumbré, llevaba una armadura semejante a la de los dimarchi de Abdiesus, pero la capa rígida al viento no era roja sino verde y el yelmo parecía tener una visera como las de las gorras. Quienquiera que fuese, iba magníficamente montado: aunque su destriero tenía la boca barbada de espuma y los flancos relucientes, volaba como si la señal de partir hubiera sonado hacía sólo un instante.
