Cruzamos otros caminos y a veces los seguimos. Dos veces llegamos a grandes campamentos donde decenas de miles de soldados vivían en ciudades hechas de tiendas. En ambas, los que atendían a los enfermos me dijeron que si mi compañero hubiera estado sangrando le habrían vendado las heridas, pero en este caso no podían responsabilizarse. Cuando hablé con el segundo ya no le pregunté por el paradero de las Peregrinas; sólo le pedí que nos condujese adonde pudiéramos abrigarnos. Era casi de noche.

—A tres leguas de aquí hay un lazareto que tal vez os reciba. —Mi informante movió la mirada de uno a otro y pareció compadecerse casi tanto de mí como del soldado, que permanecía mudo y atónito.— Id hacia el oeste y el norte hasta que a la derecha veáis un camino menos ancho que pasa entre dos árboles grandes. Doblad por ahí. ¿Estáis armados?

Sacudí la cabeza; había vuelto a envainar la cimitarra del soldado.

—Me vi obligado a dejar la espada con los criados de mi señor: no habría podido arreglármelas con ella y con este hombre a la vez.

—Pues tened cuidado con las bestias. Os convendría llevar algo que disparase, pero yo no puedo daros nada.

Me volví para partir, pero me detuvo poniéndome una mano en el hombro.

—Si os atacan, abandónalo dijo—. Y si tienes que abandonarlo no te preocupes tanto. Yo he visto otros casos así. No es probable que se recupere.

—Ya se ha recuperado —le contesté.

Aunque el hombre no dejó que nos quedáramos ni me prestó un arma, nos dio algo de comer; y partí más animado de lo que me había sentido durante un tiempo. Estábamos en un valle donde las creciente colinas occidentales habían oscurecido el sol hacía algo más de una guardia. Mientras caminaba junto al soldado descubrí que ya no necesitaba sostenerlo por el brazo. Pude soltarlo, y siguió andando a mi lado como cualquier amigo. En realidad no tenía la cara como la de Jonas, que había sido alargada y angosta, pero una vez, mirándolo de reojo, vislumbré a alguien tan parecido a Jonas que creí haber visto un fantasma.



15 из 274