Sobre el camino ya se había secado el rocío y en la superficie polvorienta no había ninguna huella. A un lado y a otro, a lo largo de algo más de tres pasos, la vegetación era de un gris uniforme. Pronto salimos del bosque. El camino, ondulando, bajaba una colina y pasaba por un puente arqueado sobre un riachuelo en el fondo de un valle cubierto de rocas.

Lo abandonamos para bajar al río a beber y lavarnos la cara. Yo no me había afeitado desde que dejara atrás el lago Diuturna, y aunque al tomar el pedernal y el percutor del bolsillo del soldado no había notado que llevara, me aventuré a pedirle una navaja.

Menciono este incidente trivial porque fue la primera vez que yo dije algo y me pareció que él comprendía. Asintió, y metiendo la mano en la cota, sacó una de esas navajas que usan los campesinos: mitades afiladas de herraduras de buey. La pasé por la piedra de amolar que todavía llevaba y la templé en la caña de mi bota; luego le pregunté al soldado si tenía jabón. Si lo tenía, no me entendió, y al cabo de un momento, recordándome mucho a Dorcas, se sentó en una roca para mirarse en el agua. Yo ansiaba preguntarle por los campos de la Muerte, aprender todo lo que él recordara de ese tiempo que acaso sólo sea oscuro para nosotros. En vez de eso me lavé la cara en el agua fría y me afeité las mejillas y el mentón lo mejor que pude. Cuando enfundé la navaja e intenté devolvérsela, me pareció que no sabía qué hacer con ella, así que me la guardé.

La mayor parte del resto del día lo pasamos andando. Varias veces nos pararon para hacernos preguntas; más a menudo fuimos nosotros los que paramos a alguien. Poco a poco fui desarrollando una mentira compleja: era el lictor de un juez civil que acompañaba al Autarca; habíamos encontrado a ese soldado en el camino y mi señor me había ordenado ocuparme de que lo asistieran; como no hablaba, yo no sabía de qué unidad era. Esto último era muy cierto.



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