El soldado no dijo nada, pero algo me decía ahora que estaba oyendo; quizá no fuera más que un leve movimiento de cabeza visto por el rabillo del ojo.

—Se llamaba Valeria, y parecía más joven que yo, aunque quizás era mayor. Morena, de pelo rizado como Thecla, y también de oscuros. Los de Thecla eran violetas. Tenía la mejor piel que he visto, como leche espesa mezclada conjugo de fresas y granadas.

»Pero no quería hablar de Valeria sino de Dorcas. Dorcas también es hermosa, aunque muy delgada, casi como un chico. Tiene cara de peri, y la tez pecosa con pecas como motas de oro. Antes de cortárselo, llevaba el pelo largo; siempre se ponía flores.

Hice otra pausa. Había seguido hablando de mujeres porque al parecer le llamaba la atención. Ahora no podía decir si todavía me escuchaba.

—Antes de marcharme de Thrax fui aver a Dorcas. La encontré en su habitación, en una posada llamada El Nido del Pato. Estaba en la cama, desnuda, pero se tapaba con la sábana, como si nunca hubiéramos dormido juntos: nosotros, que habíamos andado y cabalgado tantas leguas, acampando en lugares donde no se había oído ninguna voz desde que la tierra asomó desde el mar, y subiendo colinas que ningún pie había pisado nunca excepto los del sol. Me iba a dejar, y yo a ella, y ninguno de los dos deseaba otra cosa, aunque al final ella se asustó y me pidió que fuera con ella.

»Dijo que pensaba que la Garra tenía sobre el tiempo el mismo poder que se atribuye a los espejos del padre Inire sobre la distancia. Entonces no le hice mucho caso a la observación.



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