
La primera noche en Saltos, yo me había despertado creyendo que estaba en el dormitorio de aprendices de nuestra torre. Ahora tuve la misma experiencia al revés: dormía, y en el sueño descubría que el oscuro lazareto de figuras silenciosas y lámparas en movimiento no habían sido más que una alucinación diurna.
Me senté y miré alrededor. Me sentía bien —mejor, en realidad, de lo que me había sentido nunca—; pero tenía calor. Era como si resplandeciese por dentro. Roche dormía de costado, el pelo rojo enmarañado y la boca entreabierta, la cara relajada e infantil, como si no tuviera detrás la energía de la mente. Por las portillas veía las ráfagas de nieve en el Patio Viejo, nieve recién caída que no mostraba huellas de hombres ni de animales; pero se me ocurrió que en la necrópolis habría ya cientos de huellas porque las criaturas que se refugiaban allí, las mascotas y compañeros de juegos de los muertos, habrían salido a buscar comida y divertirse en el paisaje nuevo que la Naturaleza les había concedido. Me vestí rápida y silenciosamente, llevándome un dedo a los labios cuando otro de los aprendices se movió, y bajé aprisa la empinada escalera de caracol en el centro de la torre.
Parecía más larga que de costumbre, y descubrí que me era difícil pasar de un peldaño a otro. Cuando subimos escaleras siempre tenemos conciencia de que la gravedad es un impedimento, pero cuando bajamos descontamos la ayuda que nos presta.
