Dio unas palmadas para llamara un hombre fornido de cabeza rapada. Tomándonos del brazo, nos alejó de allí y luego se detuvo y me alzó, para cargarme en brazos como una vez yo había cargado a Severian chico. En unos momentos estuvimos desnudos y sentados en una tina de agua calentada con piedras. El hombre fornido nos echó más agua encima, y luego nos hizo salir por turno para cortarnos el pelo con una tijera. Después nos dejaron remojarnos un rato. —Ya puedes hablar —le dije al soldado.

A la luz de la lámpara vi que asentía. —Entonces, ¿por qué no hablaste en el camino? Titubeó, y se le movieron un poco los hombros. —Pensaba en muchas cosas, y tú tampoco hablabas. Parecías muy cansado. Una vez te pregunté si no era mejor que parásemos, pero no contestaste.

—A mí no me pareció así —dije—, pero quizá tenemos razón los dos. ¿Recuerdas qué te pasó antes de encontrarme?

Hubo una nueva pausa. —Ni siquiera recuerdo que te haya encontrado. Andábamos por un sendero oscuro y tú ibas conmigo.

—¿Y antes?

—No lo sé. Música, quizás, y una marcha muy larga. Primero al sol pero después en la oscuridad. —Esa marcha la hiciste conmigo —dije—. ¿No te acuerdas de nada más?

—De huir por la oscuridad. Sí, estaba contigo, y llegamos a un lugar donde el sol colgaba justo arriba de nosotros. Luego hubo una luz al frente, pero cuando entré en ella se volvió una especie de tiniebla.

Asentí. —No estabas muy en tus cabales, ¿comprendes? En los días cálidos a uno puede parecerle que tiene el sol encima, y cuando se pone tras las montañas tener la impresión de que la luz se hace sombra. ¿Te acuerdas de tu nombre?

Eso lo hizo pensar unos momentos, y al fin sonrió desconsolado.

—Lo perdí por el camino. Eso dijo el jaguar que había prometido guiar al carnero.

El fornido de cabeza rapada había vuelto sin que ninguno de los dos lo notáramos.



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