Como fuera, avancé con cautela, de lado y sin hacer ruido, hasta que lo vi. Estaba tumbado con una pierna doblada bajo el cuerpo y la otra extendida. junto a la mano derecha había una cimitarra, y la atadura de cuero le ceñía aún la muñeca. El sencillo barbote había rodado a un paso de la cabeza. La mosca trepó por la bota hasta llegar a la carne desnuda, justo antes de la rodilla, y luego echó de nuevo a volar con un ruido de sierra pequeña.

Supe que estaba muerto, por supuesto, y pese al alivio sentí que la impresión de aislamiento volvía como una tromba, aunque no había advertido que se alejara. Lo tomé por el hombro y lo di vuelta. El cuerpo aún no se había hinchado pero, aunque débil, el olor de la muerte ya estaba allí. La cara se había ablandado como una máscara de cera al calor de las llamas; era imposible saber con qué expresión había muerto. Había sido joven y rubio, con una de esas caras agradables y cuadradas. Busqué una herida pero no la encontré.

Las correas de la mochila estaban tan ajustadas que no pude quitársela ni aflojar siquiera las ataduras. Al fin le saqué el cuchillo que llevaba en el cinturón y las corté; luego clavé la punta en un árbol. Una manta, un trozo de papel, una sartén ennegrecida, dos pares de toscos calcetines (muy bien recibidos) y, lo mejor de todo, una cebolla y media hogaza de pan negro envueltos en un trapo limpio, y cinco lonjas de carne y un pedazo de queso envueltos en otro.

Primero comí el pan y el queso, obligándome, cuando advertí que no podía comer despacio, a levantarme cada tres bocados y caminar. El pan ayudaba porque había que masticarlo mucho tiempo; sabía precisamente como el pan duro que solíamos dar a nuestros clientes en la Torre Matachina, pan que, mas por travesura que por hambre, yo había robado una o dos veces.



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