
Los seguían carretas tiradas por trilofodontes que gruñían y trompeteaban. Al verlos me arrimé al borde del camino, pues gran parte de la carga que llevaban era claramente comida; pero hombres montados flanqueaban las carretas, y uno me llamó, me preguntó a qué unidad pertenecía y luego me ordenó que me acercara. En vez de hacerlo huí, y aunque estaba bien seguro de que él no podía cabalgar entre los árboles ni abandonaría el destriero para perseguirme a pie, corrí hasta perder el aliento.
Cuando por fin me detuve, fue en un claro en calma donde una luz verdosa se filtraba entre las hojas de árboles altos y flacos. El musgo que cubría el suelo era tan espeso que tuve la impresión de que caminaba sobre la densa alfombra de la oculta sala de pinturas, donde había encontrado al Señor de la Casa Absoluta. Por un momento apoyé la espalda en uno de los troncos delgados, escuchando. No se oía ningún ruido salvo el jadeo de mi respiración y el rugido de marea de la sangre en mis oídos.
Con el tiempo advertí un tercer sonido: el zumbido de una mosca. Me enjugué la cara empapada con el borde de la capa de mi gremio. La capa estaba tristemente gastada y descolorida, y de pronto recordé que era la misma que el maestro Gurloes me había puesto sobre los hombros cuando yo emprendí mi viaje, y que era probable que muriera envuelto en ella. El sudor que había absorbido estaba frío como el rocío, y un olor de tierra húmeda colmaba el aire.
El zumbido de la mosca cesó y luego volvió a empezar: acaso fuera más insistente, acaso sólo lo pareciese porque yo había recobrado el aliento. Distraído, la busqué con la mirada y la vi perforar un haz de luz que había a unos pasos, y luego posarse en un objeto marrón que asomaba por detrás de uno de los árboles.
Una bota.
Yo no tenía ningún tipo de arma. Por lo común no habría temido enfrentarme a un solo hombre sin nada más que las manos, sobre todo en un lugar así, donde manejar una espada habría sido imposible; pero sabía que me faltaba buena parte de las fuerzas, y estaba descubriendo que el ayuno también destruye parte del coraje; o acaso sólo consume una parte, dejando el resto para otras exigencias.
