
Varios años después, cuando Mario Conde ya no era teniente ni mucho menos policía, debió regresar al Barrio Chino de La Habana en busca de una obsesión que se le había clavado en la mente y de un misterio perdido en el pasado.
Fue precisamente el día de su nueva incursión en el Barrio cuando Conde, más viejo y nostálgico, se soltaría a recordar, con sospechosa claridad (según el cada vez más lamentable estado de su memoria), aquella mañana de 1989 en que, dedicado a revolcarse en su ocio, su soledad y en las páginas de alguna novela, había irrumpido en su casa la portentosa anatomía de la teniente Patricia Chion, cargando un reclamo de amiga (es un decir) más que de compañera, una petición capaz de complicarle la existencia a Mario Conde y alterar aquellas esquemáticas nociones acerca de un chino que, feliz y despreocupadamente, sin ponerse nunca a anotarlas, había tenido hasta entonces.
Lo más doloroso resultaría comprobar cómo, al final de aquellas jornadas vividas y sudadas en el Barrio, el chino modélico y típico que hasta ese momento el Conde había sido capaz de armar se convertiría en la estampa de un ser plagado de cicatrices abiertas y carácter insondable, como las aguas profundas de un mar del cual salieran a la superficie viejas pero todavía lacerantes historias de venganza, ambición, fidelidad y las burbujas de tantísimos sueños frustrados: casi tantos como chinos llegaron a Cuba.
Sin exageración: de verdad que valía la pena detenerse a mirarla. Y lo primero que se advertía, hecho el más rápido examen visual, era que nada en aquel ejemplar de catálogo parecía puro. La segunda conclusión apuntaba al hecho de que el resultado de la impureza manifiesta alcanzaba la categoría de pieza inmejorable del arte de la creación de humanos.
