
Lo único invencible a aquella hora de la noche, incluso para quien viajara en una guagua repleta y sudorosa, era el hambre: Juan Chion y la comida habían devenido asuntos tan afines que sólo saber que se dirigía a la casa del viejo le provocaba un alboroto de tripas siempre dispuestas a recibir aquellas barbaridades que, por puro milagro, llegaban a saber bien. Berenjenas rellenas con pato hervido en salsa de bambú y verdolaga, rociadas con maní molido y crocante, por si todavía hicieran falta más ejemplos.
En la parada de Infanta y Estrella, el teniente investigador Mario Conde abandonó la guagua y, para conseguir plantar los pies en la acera, casi debió lanzarse contra el gentío que pretendía abordar el ómnibus mientras él descendía.
– Dale, culo flojo, que la guagua no es para dormir -le dijo la mujer que lo atropellaba, y el Conde ni siquiera sintió deseos de contestarle. «Así que Culo Flojo», pensó, y se detuvo hasta observar cómo el vehículo se alejaba, rugiente, amenazador, envuelto en una nube de humo negro, como si su destino inalterable fueran los mismísimos infiernos. Entonces extendió bien su camisa, manchada de sudor, y después de haber acomodado la pistola contra el cinturón, empezó a desandar las tres cuadras oscuras que lo separaban de la casa de Juan y la teniente Patricia Chion, en la vieja calle Maloja.
