
Media hora después, mientras él mismo se preparaba para darse una ducha y salir a buscar los modos de cumplir su parte del trato con Patricia Chion, Conde descubrió en la banadera un pelo grueso, negro, recogido en sí mismo, como un muelle, un pelo que no podía provenir de otra parte que del pubis de la china. Con el vello ante los ojos y mareado por el olor a mujer limpia que había quedado flotando en su baño, no lo pensó más y se sentó en el borde de la banadera. No luchó demasiado consigo mismo: solo tenía a su alcance un alivio para sus ansias.
Capítulo 2
Fue aquella misma noche, mientras viajaba en una guagua ruidosa y repleta hacia la casa de Juan Chion, atravesando una ciudad oscura, tórrida y cada día más hostil, cuando Mario Conde se dedicó a organizar sus pobres ideas sobre qué cosa era un chino. Pero, después de cincelar su criatura con todas las experiencias a su alcance, resultaba evidente que apenas había logrado algunas respuestas miserables, más bien dignas de lástima. «Si me oye Mao Tse Tung o si me agarra Confucio», se dijo el entonces teniente, pensando que la Gran Marcha y la Gran Revolución Cultural, incluso que la Gran Muralla China, los gigantescos dragones mitológicos y otras grandezas de aquel país exagerado, nunca habrían sido realizadas por el modesto chino con dotes culinarias de su elucubración. Aunque, después de todo, no le disgustaba mucho haber convertido a un hombre tan cabal como Juan Chion en su chino modelo.
