
Si durante las horas diurnas seguía siendo posible entrar allí para tomarse un café o un chocolate, disfrutar leyendo un periódico o escuchando el que otro leía, a la caída de la tarde se necesitaba tener una constitución de hierro para soportar las palabras más soeces. A esa hora había allí casi tantas prostitutas como jugadores, y prostitutas muy bien parecidas, además. Que no buscara nadie en Kingsley a las furcias enfermas o medio muertas de hambre de Covent Garden o St. Giles. Ciertamente los gacetilleros decían que la propia señora Kingsley inspeccionaba personalmente a las mujerzuelas para asegurarse de que satisfacían sus exigentes estándares. Había asimismo allí músicos que tocaban animadas cancioncillas mientras un contorsionista flaquísimo retorcía su calavérica cabeza y su cuerpo esquelético para forzarlos a adoptar las más improbables figuras y actitudes… sin que el numeroso público le prestara la menor atención. Abundaban en el local botellas de calidad mediana de clarete, oporto y madeira para complacer a los paladares más exigentes de unos hombres demasiado distraídos para diferenciar entre cualesquiera de esos caldos. Y allí, lo más importante de todo, estaban también las causas de su distracción: las mesas de juego.
No sabría decir qué fue lo que hizo que las mesas de Kingsley pasaran de la oscuridad a la gloria. Se parecían mucho a las de cualquier otro establecimiento pero, sin embargo, los más elegantes de Londres indicaban a sus cocheros que los llevaran a aquel templo de la Fortuna. Después del teatro, tras la ópera, al concluir una reunión, Kingsley era siempre el lugar elegido. Allí se podía encontrar a varios caballeros bien situados en el ministerio jugando al faro, así como a un miembro de la Cámara de los Comunes más famoso por sus espléndidas fiestas que por sus dotes de legislador.
