En la primavera, los hombres habían luchado como gladiadores al servicio de este candidato o de aquel partido, pero al llegar el otoño las cosas se habían calmado sin que se hubiera filtrado nada importante, y las relaciones entre el Parlamento y Whitehall seguían galopando como de costumbre. El reino no afrontaría otras elecciones generales en los próximos siete años y, mirándolo en retrospectiva, ya ni siquiera podíamos recordar qué fue lo que desató el alboroto de las pasadas.

Yo había sufrido muchas heridas en aquellos sucesos que conmocionaron la vida política, pero, en definitiva, mi reputación como cazarrecompensas me valió algunas ventajas. Alcancé, por ejemplo, cierta notoriedad en los periódicos y, aunque buena parte de lo que decían de mí los escritorzuelos de Grub Street era de lo más rastrero, mi prestigio había salido de allí notablemente aumentado, y desde entonces ya no faltaron llamadas a mi puerta. Había, es verdad, algunos que ahora preferían mantenerse alejados de mí, temerosos de que mis actividades tuvieran la desagradable costumbre de atraer la atención, pero eran muchos más los que veían con buenos ojos la idea de contratar a un hombre como yo: un hombre que había librado encarnizadas peleas como pugilista, que se había fugado de la prisión de Newgate y demostrado su temple resistiéndose a las personalidades políticas más poderosas del reino. Un tipo capaz de hacer tales cosas -razonaban esas personas- sin duda podrá dar con el paradero del sinvergüenza que debe treinta libras, encontrar al granuja que planea escapar con una hija decidida a todo y llevar ante la justicia al pillo que ha robado un reloj.

Estos eran el pan y la sal de mi oficio, pero estaban también quienes hacían un uso menos común de mis talentos; por eso me encontraba yo ahora aquella noche de noviembre en el café de Kingsley, en otros tiempos un establecimiento anodino, pero que en la actualidad está mucho más animado. En la última temporada, Kingsley ha sido una casa de juego muy de moda entre la gente bien, y tal vez seguirá disfrutando de esta posición una o dos temporadas más. Los intelectuales de Londres no podrían disfrutar mucho tiempo de ese entretenimiento o de otro cualquiera sin cansarse, pero por el momento el señor Kingsley había sacado partido de la ventaja que le había ofrecido su suerte.



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