
– Una, dos, tres -contó Kyo.
El silbido del primer disco cubrió al segundo. De pronto, se detuvo -se oyó: enviar-; luego, continuó. Otra palabra más: treinta. Nuevo silbido. Luego, hombres. Silbido.
– Perfectamente -dijo Kyo. Detuvo el movimiento, y puso en marcha el primer disco solo. Silbido: silencio; silbido. Parada. Bien. Etiqueta de los discos de desecho.
En el segundo: Tercera lección. Correr, marchar, ir, venir, enviar, recibir. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta, ciento. He visto correr a diez hombres. Veinte mujeres están aquí. Treinta…
Aquellos falsos discos para la enseñanza de idiomas eran excelentes. La etiqueta estaba imitada a maravilla. Kyo se hallaba inquieto, sin embargo.
– ¿Mi impresión era mala?
– Muy buena; perfecta.
Lu se esponjaba en una sonrisa. Hemmelrich parecía indiferente. En el piso de arriba, un niño gritó de dolor.
Kyo no comprendía.
– ¿Entonces, por qué la han cambiado?
– No la han cambiado -dijo Lu-. Es la misma. Es raro que reconozca uno su propia voz, ¿sabe?, cuando se oye por primera vez.
– ¿El «Fono» la desfigura?
– No es eso; es que todos reconocen sin trabajo la voz de los demás; pero uno, ¿sabe?, no está acostumbrado a oírse a sí mismo…
Lu se sentía lleno de júbilo chino de explicar una cosa a un espíritu distinguido que la ignora.
«Lo mismo ocurre en nuestro idioma…»
– Bueno. ¿Tienen que venir a buscar los discos esta noche?
– Los barcos partirán mañana, al amanecer, para Han-Kow…
Los discos silbadores eran expedidos por un barco; los discos de texto, por otro. Éstos eran franceses o ingleses, según que la misión de la región fuese católica o protestante. Los revolucionarios empleaban algunas veces verdaderos discos impresionados por ellos mismos.
