
El ruso comía caramelos, uno a uno, sin dejar de contemplar a Chen; y Chen, de pronto, comprendió su glotonería. Ahora que había matado, tenía derecho a sentir deseo de algo. Derecho. Aquello era hasta pueril… Extendió su mano cuadrada. Katow creyó que quería marcharse y se la estrechó. Chen se levantó. En efecto: quizá ya no tuviese que hacer nada allí; Kyo estaba prevenido, y a él le correspondía obrar. Y él, Chen, sabía lo que quería hacer ahora. Se dirigió a la puerta; volvió, no obstante.
– Dame unos caramelos.
Katow le dio la bolsa. Él quiso repartir el contenido. No tenía papel. Se llenó el hueco de la mano, tomó unos cuantos con la boca, salió.
– No ha debido ir completamente solo -dijo Katow.
Refugiado en Suiza desde 1905 a 1912, fecha de su regreso clandestino a Rusia, hablaba el francés sin ningún acento ruso, pero tragándose cierto número de vocales, como si hubiera querido compensar así la necesidad de articular rigurosamente cuando hablaba el chino. Casi debajo de la lámpara ahora, su rostro estaba poco iluminado. Kyo lo prefería así; la expresión de ingenuidad irónica que los ojillos y, sobre todo, la nariz saliente -pájaro de cuenta, le decía Hemmelrich- daban al semblante de Katow, era tanto más viva cuanto más se oponía a sus propias facciones, y le molestaba con frecuencia.
– Acabemos -dijo-: ¿Tienes los discos, Lu?
Lu-Yu-Shuen, sonriendo y como dispuesto a doblar mil veces el espinazo, colocó sobre dos «fonos» los dos discos examinados por Katow. Había que ponerlos en movimiento al mismo tiempo.
