
Abandonaron inmediatamente la avenida y entraron en la ciudad china.
Unas nubes muy bajas, pesadamente amontonadas, sólo dejaban ya aparecer las últimas estrellas en la profundidad de sus desgarraduras. Aquella vida de las nubes animaba la oscuridad, ora más ligera, ora más intensa, como si inmensas sombras llegasen, a veces, a profundizar la noche. Katow y Kyo llevaban calzado de sport, con suela de goma, y sólo oían sus pasos cuando se deslizaban por el barro. Del lado de las concesiones -el enemigo-, un resplandor bordeaba los tejados. Lentamente henchido por el prolongado grito de una sirena, el viento, que traía el rumor casi extinto de la ciudad en estado de sitio y el silbido de los vapores, que volvían hacia los barcos de guerra, pasó sobre las miserables bombillas eléctricas encendidas en el fondo de los callejones sin salida y de las callejuelas. En torno a ellas, unos muros en descomposición salían de la sombra desierta, develados con todas sus manchas por aquella luz a la que nada hacía vacilar y de donde parecía emanar una eternidad sórdida. Oculto por aquellos muros, había medio millón de hombres: los de las hilanderías, que trabajaban durante dieciséis horas diarias, desde la infancia; el pueblo de la úlcera, de la escoliosis, del hambre. Los vidrios que protegían las bombillas se empañaron, y, durante algunos minutos, la gran lluvia de China, furiosa, precipitada, tomó posesión de la ciudad.
«Un buen barrio», pensó Kyo. Desde hacía más de un mes, que, de comité en comité, preparando la insurrección, había dejado de ver las calles; no caminaba ya por el barro, sino sobre terreno llano. La agitación de los millones de modestas vidas cotidianas desaparecía, aplastada por otra vida. Las concesiones, los barrios ricos, con sus verjas lavadas por la lluvia al final de las calles, no existían ya más que como amenazas, como barreras, como los prolongados muros de una prisión sin ventanas.
