
Aquellos barrios atroces, por el contrario -donde las tropas de encuentro eran más numerosas-, palpitaban con el estremecimiento de una multitud en acecho. Al volver una callejuela, su mirada se abismó de pronto en la profundidad de las luces de una ancha calle; velada por la copiosa lluvia, conservaba en su imaginación una perspectiva horizontal, pues habría sido preciso atacarla con los fusiles y las ametralladoras, que disparan horizontalmente. Después del fracaso de las sublevaciones de febrero, el comité central del partido comunista chino había encargado a Kyo la coordinación de las fuerzas insurrectas. En cada una de aquellas calles silenciosas, donde el perfil de las casas desaparecía bajo el aguacero con olor a humo, el número de los militantes se había duplicado. Kyo había pedido que se le facilitasen de 2 000 a 5 000, y la dirección militar los había conseguido en un mes. Pero no poseía doscientos fusiles. (Y había trescientos revólveres en aquel
Shang-Tung, que dormía con los ojos abiertos en medio del río chapoteante.) Kyo había organizado ciento noventa y dos grupos de combate de unos veinticinco hombres, todos provistos de sus jefes. Sólo aquellos jefes estaban armados… Pasaron por delante de un garaje popular, lleno de camiones viejos transformados en autobuses. Todos los garajes estaban «registrados». La dirección militar había constituido un estado mayor y la asamblea del partido había elegido un comité central. Desde el comienzo de la insurrección, era preciso mantenerlos en contacto con los grupos de encuentro. Kyo había creado un primer destacamento de unión, de ciento veinte ciclistas.
A los primeros disparos, ocho grupos deberían ocupar los garajes y apoderarse de los autos. Los jefes de aquellos grupos habían visitado ya los garajes, y no se equivocarían.