
– Con tal que encuentre a ese tipo -dijo Kyo-. Quedaría, no obstante, más tranquilo si el Shang-Tung cambiara de anclaje.
Sus rutas no eran ya las mismas. Se dieron cita y se separaron. Katow iba a buscar a los hombres.
Kyo llegó, por fin, a la puerta enrejada de las concesiones. Dos tiradores anamitas y un agente de la colonial llegaron para examinar sus papeles: tenía su pasaporte francés. Para tantear el puesto, un comerciante chino había ensartado unos pastelillos en las puntas de las alambradas. («Buen sistema para envenenar a un puesto, eventualmente», pensó Kyo.)
El agente le devolvió el pasaporte. Kyo encontró pronto un taxi y dio la dirección del Black Cat.
El auto, que el chófer conducía a toda velocidad, encontró algunas patrullas de voluntarios europeos. «Las tropas de ocho naciones vigilan aquí», decían los periódicos. Poco importaba; no entraba en las intenciones del Kuomintang atacar a las concesiones. Boulevards desiertos; sombras de modestos comerciantes, con sus tiendas en forma de balanza sobre los hombros… El auto se detuvo a la entrada de un jardín exiguo, alumbrado por el letrero luminoso del Black Cat. Al pasar por delante del guardarropa, Kyo miró la hora: las dos de la mañana. «Afortunadamente, aquí se admiten todos los trajes.» Bajo su chaqueta de sport, de tela de terciopelo gris oscuro, llevaba un pullover.
El jazz estaba en el colmo de la nerviosidad. Desde hacía cinco horas mantenía, no la alegría, sino una embriaguez salvaje a la que cada pareja se aferraba ansiosamente.
