– ¿Qué hay? -pronunció Kyo.

Shia le contemplaba y se frotaba las manos con unción. Se volvió sin decir nada, dio algunos pasos y hurgó en algo oculto. El roce de su uña doblada sobre una hoja de lata hizo rechinar los dientes de Katow; pero ya volvía, con los tirantes a la izquierda y a la derecha… Leyó el papel que llevaba, con la cabeza iluminada por debajo, casi pegada a una de las lámparas. Era un informe de la organización militar que trabajaba con los obreros ferroviarios. Los refuerzos que defendían Shanghai contra los revolucionarios de Nankín: los obreros ferroviarios habían decretado la huelga, los guardias blancos y los soldados del ejército gubernamental obligaban a los que cogían a que condujesen los trenes militares, bajo pena de muerte.

– Uno de los obreros ferroviarios detenido ha hecho descarrilar el tren que conducía -leyó el chino-. Muerto. Otros tres trenes militares descarrilaron ayer; los rieles habían sido levantados.

– Que se generalice el sabotaje y se indique en los misinos informes el medio de reparar los daños en el plazo más breve -dijo Kyo.

– Por todo acto de sabotaje, los guardias blancos fusilan.

– El comité lo sabe. Nosotros fusilaremos también.

– Otra cosa: ¿no hay trenes de armas?

– No.

– ¿Se sabe cuándo estarán los nuestros en Tcheng-Tcheu?

– No tengo aún las noticias de medianoche. El delegado del Sindicato cree que será esta noche o mañana…

La insurrección comenzaría, pues, al día siguiente o al otro. Había que esperar las informaciones del Comité Central. Kyo tenía sed. Salieron.

Ya no estaban lejos del sitio donde tenían que separarse.



17 из 281