
– ¡Perfectamente, querida amiga, perfectamente! Chiang Kaishek entrará aquí con sus revolucionarios y gritará, en estilo clásico, le digo, ¡clá-si-co!, como cuando se toman las ciudades: «¡Que me vistan de talapuinos a esos negociantes y de leopardos a estos militares (como cuando se sientan en los bancos recién pintados)!» Semejante al último príncipe de la dinastía Leang, perfectamente, subamos sobre los juncos imperiales y contemplemos a nuestros sujetos vestidos, para distraemos, a cada uno del color de su profesión, azul, rojo, verde, con trenzas y pompones. ¡Ni una palabra, querida amiga, ni una palabra le digo!
Y confidencial:
– La única música permitida será la del sombrero chino.
– ¿Y usted, qué hará allá?
Quejumbroso, sollozando:
– ¿Cómo, querida amiga? ¿No lo adivina? Seré el astrólogo de la corte, y moriré al ir a coger la luna en un estanque, una noche en que esté borracho… ¿Esta noche?…
Científico:
– … como el poeta Thu-Fu, cuyas obras seguramente encantan (¡Ni una palabra, estoy seguro!) sus jornadas desocupadas. Además…
La sirena de un buque de guerra llenó el salón. Inmediatamente, un golpe furioso de platillos se unió a ella, y se reanudó la danza. El barón se había sentado. A través de las mesas y de las parejas, Kyo ocupó una mesa libre, un poco detrás de la suya. La música había cubierto todos los ruidos; pero, ahora que se había aproximado a Clappique, oía su voz de nuevo. El barón toqueteaba a la filipina; pero continuaba hablando hacia el rostro demacrado, todo ojos, de la rusa.
