– … la desgracia, querida amiga, consiste en que ya no hay fantasía. De vez en cuando…

Índice levantado:

– … un ministro europeo envía a su mujer un paquetito postal; ella lo abre… ¡Ni una palabra!…

Con el índice sobre la boca:

– … es la cabeza de su amante. ¡Todavía se habla de ello, después de tres años!

Desconsolado:

– ¡Lamentable, querida amiga, lamentable! ¡Míreme! ¿Ve usted mi cabeza? He aquí a dónde conducen veinte años de fantasía hereditaria. Se parece a la sífilis… ¡Ni una palabra!

Pleno de autoridad:

– ¡Mozo! Champaña para estas dos señoras y para mí…

De nuevo confidencial:

– … un pequeño Martini…

Severo:

– … muy seco.

(«Admitiendo lo peor, aun con esa política, tengo una hora por delante -pensó Kyo-. Sin embargo, ¿durará esto mucho tiempo?»)

La filipina reía o lo aparentaba. La rusa, abriendo mucho los ojos, trataba de comprender. Clappique continuaba gesticulando, con el dedo índice vivo, estirado, con expresión de autoridad, llamando la atención hacia la confidencia. Pero Kyo apenas le escuchaba; el calor le entorpecía, y, además, una preocupación que aquella noche había rondado en su camino se expandía en un confuso cansancio: aquel disco; su voz que no había reconocido antes, en casa de Hemmelrich. Pensaba en esto con la misma compleja inquietud con que había contemplado, cuando niño, las amígdalas que el cirujano acababa de cortarle. Pero imposible seguir su pensamiento.

– … en una palabra -gañía el barón, guiñando el ojo que llevaba al descubierto y volviéndose hacia la rusa-: tenía un castillo en Hungría del Norte…

– ¿Es usted húngaro?

– De ningún modo. Soy francés. (¡Y me fastidia, por cierto, querida amiga, lo-ca-men-te!) Pero mi madre era húngara.

»Pues bien, mi bisabuelo vivía allí en un castillo, con unos salones grandes (muy grandes), con unos cofrades muertos debajo y unos abetos alrededor; muchos a-be-tos. Viudo. Vivía solo, con un gi-gan-tes-co cuerno de caza colgando de la chimenea. Pasa un circo ambulante. Con una amazona. Preciosa…



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