
Le alargó el papel y encendió su mechero, protegiéndolo con la mano.
«Quiere raspar al otro comprador -pensaba Clappique, contemplando el contrato-. Piezas destacadas… y cobrar 5 dólares por arma. Está claro. ¡A mí qué! Quedan 3 para mí.»
– Bueno -dijo, en voz alta-. Por supuesto, me dejará usted el contrato.
– Sí. ¿Conoce usted al capitán?
– Amigo mío, hay otros a quienes conozco mejor; pero, en fin, lo conozco.
– Podría desconfiar (y más aún, desde luego por el sitio donde está la garantía). El gobierno puede hacer que se recojan las armas, en vez de pagar. ¿No?
– ¡Ni mucho menos!
Otra vez polichinela. Pero Kyo esperaba la continuación: ¿de qué disponía el capitán para impedir que los suyos (y no los del gobierno) se apoderaran de las armas? Clappique continuó, con voz más sorda:
– Esos objetos son enviados por un proveedor regular. Lo conozco.
Irónico:
– Es un traidor…
Voz regular en la oscuridad, cuando ya no la acompañaba ninguna expresión del rostro. Subió, como si hubiese pedido un cocktail.
– ¡Un verdadero traidor, muy seco! Porque todo esto pasa por una legación que… ¡Ni una palabra! Voy a ocuparme de eso. Pero, desde luego, va a costarme un gasto serio de taxi: el barco está lejos… Y me queda…
Se registró el bolsillo, sacó un solo billete y se volvió, para que la insignia lo iluminase.
– … Diez dólares, amigo mío. No hay bastante. Sin duda, pronto compraré los cuadros de su tío Kama para Ferral; pero, mientras…
– ¿Habrá bastante con cincuenta?
– Es más de lo que necesito.
