Clappique miró su vaso: la rusa apenas había bebido. La filipina, por el contrario… Tranquilamente, se calentaba como un gato al calor de la semiembriaguez. Inútil contar con ella. Se volvió hacia la rusa:

– ¿No tiene usted dinero?

Ella se encogió de hombros. El barón llamó al camarero, pagó con un billete de cien dólares. Cuando recibió el cambio, tomó diez dólares y dio el resto a la mujer. Ella le miró, con una precisión cansada.

– Bien.

Se levantaba.

– No -dijo él.

Tenía un aspecto lamentable, de buen perro.

– No, esta noche la aburriría.

Le tenía cogida la mano. Ella le miró otra vez.

– Gracias.

Vaciló.

– Sin embargo… Si le causa placer…

– Me causaría más placer un día que no tenga dinero…

Polichinela reapareció:

– Que no tardará…

Le juntó las manos y se las besó varias veces. Kyo, que ya había pagado, le alcanzó en el pasillo vacío.

– ¿Quiere que salgamos juntos?

Clappique le miró y le reconoció.

– ¿Usted aquí?… ¡Es inaudito! Pero…

Aquel balido fue detenido por el levantarse de su índice:

– ¡Se pervierte usted, joven!

– ¡Bah!…

Ya salían. Aunque la lluvia había cesado, el agua estaba tan presente como el aire. Dieron algunos pasos por la arena del jardín.

– En el puerto -dijo Kyo- hay un vapor cargado de armas.

Clappique se había detenido. Kyo había dado un paso más; tuvo que volverse. El rostro del barón apenas era visible; pero el gran gato luminoso, insignia del Black Cat, Ir rodeaba como una aureola.

– El Shang-Tung -dijo.

La oscuridad y su posición -a contraluz- le permitían no expresar nada; y no añadía nada.

– Hay una proposición -prosiguió Kyo-, a 30 dólares por revólver, del gobierno. Todavía no tiene respuesta. Yo tengo comprador a 35 dólares, más 3 de comisión. Entrega inmediata, en el puerto. Donde el capitán quiera, pero en el puerto. Que recoja el ancla en seguida. Se recibirá la entrega esta noche mediante el dinero. De acuerdo con su delegado: aquí está el contrato.



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